lunes, 22 de agosto de 2016

Astor y Blanco: En honor al Heroíco Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de México.


 Una explosión en particular conmueve a la opinión pública. Bombas incendiarias explotan en los almacenes Astor y Blanco, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México. Los separa una cuadra de distancia. Los incendios cobran proporciones mayores y Astor se derrumba sepultando a nueve bomberos que mueren calcinados bajo sus escombros. Algo parecido ocurría en la tienda Blanco.

El sábado 13 de mayo de 1978, varias bombas fueron colocadas en la tienda Astor, que estuvo en la esquina de Isabel la Católica y Venustiano Carranza, una de las tiendas departamentales más grandes de la ciudad. La primera explotó en el departamento de artículos escolares, como resultado se desató uno de los peores incendios hasta la fecha. Los bomberos combatieron el fuego durante varias horas, pero el edificio quedó completamente destruido.


Media hora después de los bombazos de Astor, más bombas detonaron en la tienda Blanco, Los dos edificios terminaron derrumbándose a causa de la fuerza de las explosiones y de la magnitud de los incendios. Millones de pesos en pérdidas.

Los bombazos y consecuentes incendios, mataron a 58 personas, entre bomberos, clientes y trabajadores. Como resultado de las investigaciones, se atribuyeron las explosiones a un atentado de la organización guerrillera Unión del Pueblo. En su lugar fue creada una plaza que hoy es parte de un edificio de Banamex.



miércoles, 10 de agosto de 2016

119 Años de la Aspirina de Bayer

Desde el principio de la humanidad el hombre ha sentido dolor "físico" que ha necesitado calmar. Los remedios más antiguos se encontraban en la misma naturaleza. Raíces, cortezas y hojas, de diferentes vegetales como el sauce, la mandrágora, la adormidera y el cáñamo eran las fuentes sanativas más conocidas. La corteza de sauce en concreto ha sido desde tiempo inmemorial el tratamiento contra la fiebre y el dolor. Es decir, un antipirético y analgésico. A partir de la Edad Media y hasta entrado el siglo XVIII la corteza de sauce quedó olvidada como tratamiento curativo y el analgésico más utilizado por la clase médica era entonces el opio.

En 1763 Edward Stone presentó un informe en la Real Sociedad de Medicina Inglesa donde detallaba las propiedades terapéuticas de la corteza del sauce blanco (Salix Alba), cuyos extractos había suministrado, con éxito, a 50 pacientes con fiebre. En 1828, científicos alemanes sintetizaban el principio activo de la corteza del Salix Alba, una sustancia amarillenta que formaba cristales de sabor muy amargo que se llamó salicina.
Diez años más tarde, se encontró una fórmula químicamente más simple dando lugar al ácido salicílico. Poco a poco se descubrieron nuevas fuentes para obtener esta sustancia. La Spirea ulmaria, nombre que inspira Aspirina, producía una sustancia llamada ácido spírico. Pronto, se cayó en la cuenta de que ácido salicílico y ácido spírico era una misma sustancia procedente de dos fuentes. Para prevenir la posible escasez de estas sustancias en un futuro no lejano, se vio la necesidad de sintetizarlas. En 1859, Kolbe logró sintetizar ácido salicílico. Antes de lograr esta síntesis, un químico francés llamado Charles Frédéric Gerhardt había conseguido acetilar la salicina en unos experimentos realizados en 1853 que quedaron relegados en el olvido, aun habiendo sido recogidos en la literatura científica de su tiempo. Los experimentos de este químico francés fueron la referencia de Félix Hoffmann para llegar al descubrimiento del ácido acetilsalicílico.
Bayer era una compañía dedicada a la industria de la fabricación de tintes, antes de descubrir su primer medicamento, la Fenacetina. Este medicamento resultaba del paranitrofenol, sustancia almacenada en la fábrica de Bayer como derivado en la fabricación de los tintes. Otro producto utilizado para la producción de tintes, la acetanilina, y había sido administrado de manera fortuita a unos pacientes con infecciones parasitarias. Los resultados fueron desconcertantes, aquella sustancia no había curado la infección pero sí había aliviado la fiebre que sufrían estos pacientes. La acetanilina y el paranitrofenol eran muy semejantes químicamente. Carl Duisberg, supervisor del departamento de patentes e investigación de Bayer, no perdió el tiempo y decidió investigar todas las vías posibles para conseguir un nuevo antipirético a partir del paranitrofenol. Conseguido su objetivo en 1888, Duisberg comercializó este nuevo medicamento bajo el nombre de Fenacetina. El éxito de este primer medicamento animó a la compañía a construir una nueva planta de laboratorios Bayer, en Elberfeld, donde se ubicaron más de 90 químicos investigando a tiempo completo. Aquí, Duisberg formó un segundo grupo dedicado, única y exclusivamente, a la investigación de nuevos fármacos. Esta nueva sección contaba con dos áreas independientes, una encargada de investigar nuevos fármacos dirigida por Arthur Eichengrün, y otra dirigida por Heinrich Dreser, encargada de asegurar que los nuevos fármacos obtenidos tuvieran una utilidad terapéutica que los médicos aceptaran y reconocieran. Uno de los primeros proyectos de Eichengrün fue investigar las posibilidades de obtener una variante del ácido salicílico con menos efectos secundarios.
Este trabajo fue delegado a un joven químico llamado Félix Hoffmann. Su padre sufría de un reumatismo crónico tratado con ácido salicílico que se acompañaba de importantes efectos secundarios. El interés del joven químico garantizaba el éxito de la investigación. El 10 de Agosto de 1897 Hoffman describía la forma en que había conseguido la síntesis del ácido acetilsalicílico, AAS, comercializado dos años más tarde bajo el nombre de Aspirina. El descubrimiento lo había basado en unos escritos encontrados del pasado de un químico francés. Charles Frédéric Gerhardt había logrado esta síntesis acetilada de la salicina, pero sin la estabilidad ni la pureza química suficiente como para ser aprobado ante la clase médica. Hoffmann consiguió un producto químicamente puro y estable. Una vez lograda esta síntesis, el departamento de investigación pasó la fórmula al departamento de prueba y comercialización. Dreser rechazó el descubrimiento por la aparente falta de novedad y por la relación que el producto guardaba con la acción cardiotóxica. Ante la negativa, Eichengrün probó el AAS sin apreciar ningún efecto negativo en su corazón. Los resultados fueron extraordinarios, eficaz contra la fiebre, dolores articulares y de cabeza, y menos efectos secundarios que el ácido salicílico. El fármaco conseguido del proceso de acetilación del ácido salicílico se patentó y comercializó con el nombre de Aspirina en el año 1899.
Ya en los primeros diez años de vida, Aspirina era conocida a nivel mundial. Pero las consecuencias de la Primera Guerra Mundial llegaron a los laboratorios Bayer en EE.UU. La patente de Aspirina había prescrito en EE.UU., las instalaciones fueron subastadas y otras compañías comenzaron a vender ácido acetilsalicílico a precios competitivos. El potencial industrial norteamericano hacía temblar incluso las ventas de la Bayer alemana a terceros países, donde también estaba llegando la producción norteamericana. Las presiones comerciales sucedieron a las políticas en poco tiempo. En la segunda mitad de siglo, nuevos productos contra el dolor hicieron su aparición, pero ninguno de ellos poseía las cualidades antiinflamatorias de Aspirina, ni la pureza y estabilidad de su estructura química. En 1985 Margaret Heckler, secretaria del Servicio de Salud norteamericano, anunció que una Aspirina diaria ayudaba a las personas que ya habían sufrido un infarto de miocardio en la prevención de nuevos ataques de isquemia coronaria con un frasco de Aspirinas en la mano.
En 1971 Vane describe su efecto inhibidor de la síntesis de prostaglandinas a partir del ácido araquidónico en el animal de laboratorio. Smith y Willis, en el mismo año, demuestran que bloquea de forma irreversible la producción de tromboxano en las plaquetas humanas. En la década de los ochenta se profundiza más en sus propiedades antitrombóticas y se conocen más a fondo los mecanismos por los que se produce su efecto antiinflamatorio.
Aspirina es hoy un producto registrado en más de 70 países de todo el mundo. Así mismo, es objeto de numerosas investigaciones científicas tanto básicas como clínicas.

martes, 9 de agosto de 2016

9 de Agosto de 1945, La Segunda opción Nagasaki

La ciudad de Nagasaki había sido uno de los puertos más grandes en la parte sur de Japón y tuvo gran importancia durante la guerra por su gran actividad industrial, incluyendo la producción de artillería, barcos, equipo militar, así como otros materiales de guerra.
En contraste con el aspecto moderno de Hiroshima, la mayoría de los hogares eran de tipo antiguo: edificios de madera en su totalidad y piso de azulejo. Muchas de las pequeñas industrias también estaban alojadas en edificios de madera y no contaban con la infraestructura necesaria en caso de explosión. Debido a que la ciudad creció sin un ordenamiento ni planificación adecuada, era común encontrar hogares adyacentes a fábricas a lo largo de todo el valle.
Nagasaki nunca sufrió un bombardeo a gran escala antes de la explosión nuclear, aunque el primero de agosto de 1945 algunas bombas fueron arrojadas sobre la ciudad. Algunas de ellas dieron en astilleros y puertos de la parte suroeste de la ciudad, otras hicieron blanco en la fábrica de Mitsubishi y seis de ellas cayeron sobre la Escuela Médica y Hospital de Nagasaki. A pesar de que el daño se puede considerar como reducido, el bombardeo creó preocupación entre los habitantes y mucha gente, especialmente niños, fueron evacuados hacia las zonas rurales.
Durante la mañana del 9 de agosto de 1945, el B-29 Bockscar, pilotado por el mayor Charles W. Sweeney, transportó el arma nuclear llamada Fat Man con la intención de lanzarla sobre Kokura como blanco principal y Nagasaki como objetivo secundario. El plan para esta misión fue prácticamente idéntico al de Hiroshima: Dos B-29 volando una hora antes sobre el objetivo con la finalidad de hacer el reconocimiento de las condiciones climáticas y dos B-29 más acompañando el bombardero con instrumentación. Sweeny despegó con la bomba armada, aunque con los seguros eléctricos puestos.
Los B-29 enviados como observadores climatológicos informaron que ambos objetivos estaban despejados. El bombarderoBockscar arribó al punto de reunión pero la tercera aeronave, Big Stink, no logró unirse tempranamente a la misión, por lo que el bombardero y la aeronave de instrumentación tuvieron que volar en círculos durante cuarenta minutos esperando a la aeronave retrasada. Con treinta minutos de retraso, Sweeney decidió continuar la misión sin el avión ausente.
Cuando llegaron a Kokura, la ciudad estaba cubierta en un 70% por nubes, que la oscurecían. Después de pasar tres veces por encima y con el combustible consumiéndose y en un nivel bastante bajo debido a un desperfecto en una de las bombas de un motor, decidieron ir por el objetivo secundario, la ciudad de Nagasaki. El cálculo del consumo de gasolina indicaba que el bombardero no tendría suficiente combustible como para llegar hasta Iwo Jima y se verían obligados a desviarse hacia Okinawa. Se decidió primeramente que si Nagasaki presentaba las mismas condiciones climáticas, entonces regresarían con la bomba a Okinawa y tratarían de desecharla en el mar, aunque posteriormente el comandante Frederick Ashworth decidió que se utilizaría el radar si el objetivo no era visible.
Alrededor de las 07:50, la alerta de bombardeo aéreo sonó en la ciudad pero a las 8:30 se emitió la señal de que el peligro se había alejado. Cuando se avistaron los dos B-29 a las 10:53, autoridades japonesas estimaron que las aeronaves sólo tendrían labores de reconocimiento por lo que no se emitió alarma alguna.
Pocos minutos después, a las 11:00, desde el The Great Artiste se lanzaron instrumentos de medida atados a tres paracaídas. Junto con los instrumentos se envió una carta sin firmar dirigida al profesor Ryokichi Sagane, un físico nuclear de la Universidad de Tokio quien estudió con tres de los científicos responsables de desarrollar el arma nuclear. El objetivo de dicha misiva era pedirle que le dijera al Estado Mayor japonés el daño que involucraban estas armas de destrucción masiva, además de que hiciera todo lo que estuviera a su alcance para convencer a las autoridades del país de terminar la guerra. Aunque los mensajes fueron encontrados por autoridades militares, el profesor Sagane no fue avisado sino hasta un mes después. En 1949 uno de los autores de la carta, Luis Walter Álvarez, se entrevistó con Sagane y firmó el documento.
De último minuto se abrió una brecha entre las nubes, lo que permitió al capitán Kermit Beahan tener contacto visual con el objetivo como había sido ordenado, por lo que la bomba fue liberada a las 11:01. Cuarenta y tres segundos después la bomba hizo explosión a 469 metros de altura sobre la ciudad y a casi 3 km de distancia del hipocentro planeado originalmente. La explosión se confinó al valle Urakami y la mayor parte de la ciudad fue protegida por las colinas cercanas. La explosión resultante tuvo una detonación equivalente a 22 kilotones y generó una temperatura estimada de 3900 grados Celsius y vientos de 1005 km/h.
Se estima que inmediatamente fallecieron entre 40 000 y 75 000 personas, mientras que el total de decesos para finales de 1945 alcanzó los 80 000.
El radio total de destrucción fue de 1,6 km y se extendieron incendios en la parte norte de la ciudad hasta una distancia de 3,2 km del hipocentro. A diferencia de Hiroshima, en Nagasaki no tuvo lugar la «lluvia negra» y aunque sus efectos fueron más devastadores en el área inmediata del hipocentro, la topografía del lugar evitó que el radio de destrucción fuera mayor. Se calcula que el porcentaje de estructuras y edificios destruidos estuvo en el orden del 40 %, incluyendo el estadio, hogares, hospitales y escuelas.
Un número desconocido de supervivientes de Hiroshima se había trasladado hasta Nagasaki, donde nuevamente fueron bombardeados.
El 12 de agosto el emperador informó a la familia imperial su decisión de rendirse. Uno de sus sobrinos, el príncipe Asaka preguntó si la guerra continuaría si la kokutai no se preservaba. Hirohito únicamente contestó «por supuesto».
Las víctimas supervivientes de los bombardeos son llamadas hibakusha (被爆者?), una palabra en japonés que literalmente significa 'persona bombardeada'. Ser hibakusha, aseguran los supervivientes, era como una maldición, que los estigmatizaba. Además de las enfermedades a las que se enfrentaron, estos supervivientes también tuvieron que lidiar con el rechazo del resto de la sociedad, vivían ocultando su condición ya que nadie quería casarse con personas como estas e incluso le negaban trabajos si se llegaba a conocer que eran hibakusha. Según estudios independientes realizados sobre distintas catástrofes los hechos traumáticos alteran profundamente el conjunto de creencias esenciales que las personas tienen sobre sí misma. Esto fue lo que ocurrió en Japón y más grave aún ya que las personas eran rechazadas por la sociedad.
Por mucho tiempo vivieron ignorando lo que había ocurrido y los efectos tardíos que esta situación podía tener en ellos o sus hijos. Un año y medio después de la tragedia, los supervivientes supieron que lo que ellos habían presenciado había sido la explosión de una bomba atómica. Tres años después se formaron, por primera vez como asociación de víctimas para pedir ayuda al gobierno, para tratamientos ya que no tenían dinero y muchos morían. Para el año 2008, 243 692 hibakusha eran reconocidos por el gobierno japonés, la mayoría viviendo en dicho país. El gobierno además asegura que el 1 % de dichos supervivientes padece alguna enfermedad asociada a la radiación.
Memoriales en Hiroshima y Nagasaki contienen listas de los hibakusha que se sabe han muerto desde los bombardeos. Actualizadas anualmente durante el aniversario de los bombardeos, al 2008 los memoriales contenían los nombres de más de 400 000 hibakusha, 258 310 en Hiroshima y 145 984 en Nagasaki.