domingo, 28 de octubre de 2018

ORIGEN DE LA NOCHE DE BRUJAS


Lo que hoy conocemos como la Noche de Brujas o Halloween se celebra desde hace más de 3000 años por los Celtas; un pueblo guerrero que habitaba zonas de Irlanda, Inglaterra, Escocia y Francia. Precisamente el 31 de octubre, los Celtas celebraban el fin de año con el Samhain; una fiesta pagana. Con la inmigración europea a los Estados Unidos, principalmente la de los irlandeses católicos en 1846, llegó la tradición de Halloween al continente americano.
Cuando se habla de Halloween o Día de las Brujas se piensa en disfraces, maquillaje; fiesta, dulces y niños; pero la tradición indica que su celebración no siempre fue festiva y alegre, y que los ritos que se practicaban durante la noche tenían un carácter purificador y religioso.
Los celtas procedían originariamente de Asia eran un pueblo indogermánico; que se estableció en el occidente de Europa, en el siglo XX a.C. ya habitaban el centro y norte de Europa. Para el año 1000 a.C. se extendieron por las Islas Británicas, norte de Francia, parte de Suiza y norte de Italia. Invadieron España en el siglo IX a.C. Su lengua era indoeuropea; de la cual se conservan escasos registros literarios.

Para el siglo IV a.C. fueron desplazados del centro y norte de Europa; a consecuencia de las llegadas de otros pueblos, los grupos germánicos.

Los días especialmente significativos para un pueblo dicen mucho de este y para los celtas, la fecha del 1° de SAMONIS, que significa “reunión”, es el equivalente a nuestro 1° de noviembre; ese día los celtas iniciaban el año. La llegada del cristianismo lo transformó en el día de Todos los Santos (y todos los Difuntos). SAMONIS se hizo samuin o SAMAIN en irlandés antiguo; y samhain en el moderno.
Para el folklore, Halloween, es en el hemisferio norte, el comienzo del año oscuro. Los celtas, como otros pueblos antiguos; empezaban los ciclos temporales por la mitad oscura: el día terminaba con la caída del sol y la jornada siguiente tenía su inicio con la oscuridad de la noche, el año nuevo comenzaba en esta fecha con el principio del invierno (boreal).
Un punto de vista interesante para tener en cuenta es que este festival se asociaba con el aire. Agua, fuego, tierra y aire no eran solo los elementos fundamentales de los griegos presocráticos; sino que como categorías de aprehensión de la realidad fueron de todos los indoeuropeos y también de muchas otras culturas.

Como en otros festivales de año nuevo, en esta fecha los muertos volvían a estar entre los vivos. Los celtas hacían sacrificios humanos y de animales; en honor al dios Samhaím, señor de la muerte.

Este día marcó la finalización del verano y la cosecha, y el comienzo del oscuro y frío invierno, momento del año que a menudo se asoció con la muerte humana. Los celtas creían que la frontera entre los mundos de los vivos y de los muertos se volvía incierta en la noche antes del Año Nuevo. La noche del 31 de octubre se celebraba Samhain; fecha en la cual se creía que los espíritus de los muertos regresaban a la tierra. Para ahuyentar a estos malos espíritus, los celtas se vestían con cabezas y pieles de animales mientras que los sacerdotes Druidas realizaban sacrificios con fuego.

Halloween historia real de su conmemoración asociada por la Inquisición con ritos satánicos.  

Más adelante en la Edad Media época conocidísima como la Edad Oscura de la humanidad, gracias al atraso significativo que la ciencia sufrió durante esta época y la creencia particular en la existencia de todo tipo de seres fantásticos, se celebraba el “sabbath” o fiesta de brujas.
En ella, las brujas y brujos se reunían para ofrecer sacrificios a Satanás; señor de la muerte, mediante ritos, actos sexuales y muchas veces sacrificios de animales y seres humanos. (De que en realidad se hayan celebrado este tipo de cosas en la noche de Halloween hay pocos registros durante esta época; pero era lo que fielmente creían los defensores de la Iglesia Católica, religión dominante en Europa en aquellos años).
Además de eso por esto mismo de las creencias en las brujas y demás seres demoníacos; la gente practicaba la quema de gatos, en especial los negros por creerlos amigos de las brujas y de considerarlos una herramienta que las brujas utilizaban para manifestarse y elaborar sus conjuros.
Se quemaron tantos gatos en la Edad Media gracias a estas creencias; que se originó un desequilibrio ambiental que produjo un incremento voraz de las plagas domésticas, en especial de las ratas portadoras de la peste negra, terrible enfermedad que mató a más de una cuarta parte de la población de Europa entre los siglos IX y XV de nuestra era.
El hecho de no tener explicación lógica para la causa de esta enfermedad causo una paranoia tal en la gente; que estas creencias en seres demoníacos se hizo más sólida originando la persecución de las supuestas “brujas” y de todas aquellas personas que practicaran ritos considerados como “paganos”.

El Summis desiderantis affectibus

Sin embargo; es con la llegada de la Contrareforma y con los distintos cismas protestantes cuando la persecución de la brujería se incrementa notablemente. Fue con la bula papal “Summis desiderantis affectibus“; del Papa Inocencio VIII el 5 de diciembre del año de 1484, con la que se legitimó la persecución de brujas, tortura y ejecución; generalmente ardiendo en la hoguera, empezando así La Inquisición a perseguir la hechicería. La figura histórica más famosa que fue condenada a arder en la hoguera bajo la acusación de bruja fue Juana de Arco.
“Brujas, fascinación y misterio. ¿Seductoras perversas o encantadoras seducidas?”; ese era el lema del congreso llevado a cabo en Triora en 1588. Las historias alrededor de estas se parecen a las historias del  “Coco” que le hacían los padres a sus hijos antes de acostarlos a dormir; todo era una amalgama de absurdos productos de su imaginación.
Caza de brujas
En la localidad de la Liguria; conocida por ser la “Salem italiana”, hace más de cuatro siglos fueron quemadas más de cuatrocientas mujeres, acusadas de brujería; lo que ha otorgado a esta zona del norte del país una fama secular de actuaciones fuera de lo normal, bien aprovechada desde el punto de vista turístico.
Los expertos en brujería coincidieron en que las mujeres consideradas en la Edad Media como tales no tenían necesariamente el sentido negativo con el que han pasado a la posteridad y, que incluso; eran conocidas por hacer el bien a quienes les rodeaban y ser mujeres dotadas de gran belleza e ingenio (mujeres inteligentes y letradas); e incluso muchas fueron quemadas por acusaciones relacionadas con motivos sentimentales. Ejemplo mujeres que las envidiaban; porque sus esposos estaban enamorados de estas y por hombres que por causas morales no podían tener sexualmente a alguna de estas mujeres.

Origen del Termino “Halloween”

Hacia el siglo VIII; la Iglesia Cristiana convirtió el día 1 de noviembre en el día de Todos los Santos para rendir homenaje a todos los santos que no tuvieran un día particular de celebración. A lo largo de los años, estos festivales se combinaron; y la mayoría llamó “All hallowmas”  al Día de Todos los Santos. La noche anterior se conoció como “All Hallows Eve” (Víspera del Día de Todos los Santos). Con el tiempo; su nombre se convirtió en Halloween.

La Calabaza, la lámpara que ahuyenta los malos espíritus.

La costumbre de ahuecar y tallar una calabaza para convertirla en un farol llamado Jack-o-lantern; tiene su origen en el folklore irlandés del siglo XVIII. Según se cuenta; Jack era un notorio bebedor, jugador y holgazán que pasaba sus días tirado bajo un roble. La leyenda cuenta que en una ocasión; se le apareció Satanás con intenciones de llevarlo al infierno. Jack lo desafió a trepar al roble y; cuando el diablo estuvo en la copa del árbol; talló una cruz en el tronco para impedirle descender. Entonces Jack hizo un trato con el diablo: le permitiría bajar si nunca más volvía a tentarlo con el juego o la bebida.
a historia dice que cuando Jack murió no se le permitió la entrada al cielo por sus pecados en vida; pero tampoco pudo entrar en el infierno porque había engañado al diablo. A fin de compensarlo; el diablo le entregó una brasa para iluminar su camino en la helada oscuridad por la que debería vagar hasta el día del Juicio Final. La brasa estaba colocada dentro de una cubeta ahuecada “llamada nabo”; para que ardiera como un farol durante mucho tiempo.
Los irlandeses solían utilizar nabos para fabricar sus “faroles de Jack”; pero cuando los inmigrantes llegaron a Estados Unidos advirtieron que las calabazas eran más abundantes que los nabos. Por ese motivo; surgió la costumbre de tallar calabazas para la noche de Halloween y transformarlas en faroles introduciendo una brasa o una vela en su interior. El farol no tenía como objetivo convocar espíritus malignos sino mantenerlos alejados de las personas y sus hogares.
En esta leyenda encuentra su inspiración el cineasta Tim Burton para su película animada; “El extraño Mundo de Jack”

¿Por qué se dan dulces en Halloween?

La costumbre de pedir dulces de puerta en puerta (trick-or-treating) se popularizó alrededor de 1930. Según se cree; no se remonta a la cultura celta sino que deriva de una práctica que surgió en Europa durante el siglo IX llamada souling, una especie de servicio para las almas. El 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, los cristianos primitivos iban de pueblo en pueblo mendigando “pasteles de difuntos” (soul cakes); que eran trozos de pan con pasas de uva. Cuantos más pasteles recibieran los mendigos, mayor sería el número de oraciones que rezarían por el alma de los parientes muertos de sus benefactores.
En esa época se creía que los muertos permanecían en el limbo durante un período posterior a su fallecimiento y que las oraciones, incluso rezadas por extraños; podían acelerar el ingreso del alma al cielo.

Algunos símbolos de Halloween

Búho: símbolo de oscuridad.

Los brujos usan el sonido de este animal para ahuyentar según ellos, los poderes de las tinieblas. Tienen su imagen como amuleto de buena suerte.

Sapo

Fue una de las plagas enviadas por Dios sobre el pueblo egipcio, ya que ellos lo consideraban sagrado y le rendían culto.

Vampiros

En la época de los druidas los demonios eran representados por esta figura. Si quieres reírte un poco puedes disfrutar de divertidísimo Sketch de Radio Rochela “Los Vampiros”.

Gatos

Era una deidad en las culturas paganas antiguas, en la brujería es utilizado para realizar toda clase de prácticas satánicas; era adorado en la ciudad de Éfeso en la era cristiana.

Máscaras

Son caras falsas o rostros que muestran lo que realmente no es una persona, la usaban los bufones para hacer reír a los reyes de Roma. En caso de que quieras hacer un disfraz genial para esta fecha puedes ojear nuestra recopilación de 10 ideas originales para disfrazarse en Halloween.

Media luna y las estrellas

Usadas en las prácticas de la magia y símbolos adoptados por la astrología.

Bolas de cristal

Utilizadas por los astrólogos, también poseen similitud a las prácticas donde se emplean cuarzos, pirámides, péndulos para según ellos traer buena suerte o leer el futuro.
En España Halloween también se celebra gracias a la influencia cultural que nos llega constantemente desde Estados Unidos, aunque en nuestro país el 31 de Octubre no es tan célebre como el 1 de Noviembre y que se conoce como el Día de Todos los Santos.
Este Día de Todos los Santos es una tradición católica que se celebra en honor a todos los santos, conocidos y desconocidos del mundo moderno y así poder compensar la  falta a las fiestas de los santos durante el año por parte de los fieles. Es el día en el que se honra a la memoria de los que han muerto.
Esta tradición tiene un poder muy especial en Mexico, donde esta se celebra con la figura de La Catrina que proviene de Los Aztecas, aquella gran cultura prehispánica que pobló el territorio Mexicano antes de la llegada de Hernan Cortés.
Peliculas:
https://drive.google.com/open?id=1gZKQxYMPfs6FRNMSSn3IYybPSeJToyXb


martes, 7 de noviembre de 2017

Los 100 de la Revolución Rusa... De la admiración a la ignorancia

Por: Reiner Matos Franco. COLMEX.

Pocos saben que la revolución rusa comenzó con una protesta de mujeres. El 23 de febrero de 1917 un colectivo de trabajadoras se reunió en las calles de Petrogrado —así se llamaba San Petersburgo en esos tiempos de guerra mundial para que no sonara “muy alemán”, cortesía del zar Nicolás II— a marchar en respuesta al desabasto provocado por el esfuerzo bélico y contra una guerra que se veía perdida. En aquellos días el imperio ruso utilizaba el Calendario Juliano, por lo que en el Gregoriano la fecha correspondía al 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Esa tarde los varones decidieron apoyar a sus esposas, hermanas y compañeras marchando por la ciudad. Al día siguiente ya había 150 mil trabajadores en la calle saqueando tiendas y depósitos. Para el 25 de febrero 200 mil personas pedían la renuncia del zar y la salida de la guerra, todo de manera espontánea, sin otro líder más que la indignación y desesperación de los sublevados. El 2 de marzo, tan sólo una semana después de aquel desfile de faldas, Nicolás II se vio obligado a abdicar.
Las conmemoraciones más sonadas de un suceso histórico suelen darse cuando se cumple en años un múltiplo del 10. O del cinco, porque es la mitad del 10. La tradición consuetudinaria de conmemorar eventos importantes en una fecha que termine en cero obliga a hacer algo, lo que sea, para conmemorar (no necesariamente “festejar”) la revolución rusa de 1917 en el año 2017, 100 años después. Y no sólo por tradición: la revolución rusa fue acaso el evento más determinante del siglo XX.
En México los libros de texto nos enseñaron que la revolución mexicana era algo en general muy positivo: que había que derribar al “tirano” Díaz y al “chacal” Huerta, que la tierra es de quien la trabaja y que sufragio efectivo equivale a no reelección. Con la revolución rusa —la de octubre, cabe entender— ocurrió algo muy similar como génesis del Estado que existió durante los siguientes 74 años, la Unión Soviética. La mitología del nacionalismo revolucionario mexicano era casi tan sólida y legítima como la mitología recurrente del revolucionario Estado soviético; la diferencia estribaba en los métodos de su imposición cotidiana. Acaso sólo el kemalismo turco como proyecto político haya tenido la misma robustez en el largo aliento del corto siglo XX. Las dos grandes revoluciones del siglo pasado siguen siendo, en las monografías históricas al menos, la mexicana de 1910 y la rusa de 1917, por encima incluso de las rupturas importantísimas que representaron las revoluciones china de 1911 y la alemana de 1919.
Mientras que en la actualidad la revolución mexicana se festeja en los ámbitos público y privado, la rusa apenas se conmemora entre pocos grupos. Entre los festejos entusiastas de la revolución en México se ven bigotes postizos cada 20 de noviembre; se escucha La Adelita en la radio y los niños representan en las escuelas —con jergas al hombro y caballos de palo si hace falta— los momentos álgidos de aquel evento. La revolución rusa, en cambio, no es algo que amerite ya mucha celebración más que entre los herederos del bolchevismo: los allegados al Partido Comunista de la Federación Rusa, principal oposición política en Rusia desde 1995. La diferencia entre Rusia y México estriba en que la matriz de interpretaciones de la “revolución rusa” es mucho más amplia y heterogénea que la de la “revolución mexicana” pese a que, curiosamente, el primero fue un evento más corto, contenido en el ánfora de un año redondo (1917), mientras que la “revolución mexicana” inicia claramente en 1910 y no sabemos cuándo terminó: si en 1917, 1929 o en 2000.
Valga iniciar por lo obvio para comprender esta diferencia: en Rusia hubo más de una revolución a inicios del siglo pasado, independientemente de si se lee como un solo proceso o varios —en realidad también se puede argumentar que México tuvo más de una revolución entre 1910 y 1930—. La historiografía registra al menos tres grandes revoluciones rusas: la de 1905 —que habrá que dejar de lado por ahora— y las de Febrero (marzo) y Octubre (noviembre) de 1917.
Cuando se habla de “la revolución rusa” se comete una especie de sinécdoque que engulle a febrero y se reduce a octubre, resultado obvio luego de tantas décadas bajo la impronta del “glorioso” Octubre bolchevique. No obstante, sin duda es curioso que la revolución de febrero no se haya recuperado en Rusia al caer la Unión Soviética en 1991. Curioso por lo que aquélla significó: la ruptura con el zarismo después de 370 años —y con el sistema monárquico tras un milenio— y la creación de un “Gobierno Provisional” que, pese a su corta duración (febrero-octubre de 1917), encabezó una república federal, democrática, patriótica, parlamentaria y plural. Queda como pregunta abierta a los historiadores por qué la Rusia de Yeltsin en la década de 1990 —también patriótica, democrática, federal y plural, aunque presidencialista— no reclamó algún terruño de herencia, alguna continuidad, en el corto momento democrático emanado de febrero. Acaso Yeltsin decidió que todo lo que sonara a “revolución” después de 1991 era negativo para su proyecto político, pese a que él mismo llevó a cabo una revolución descomunal en ese año.
Por más desvaída que fuera, a partir de 1991 la idea era un poco que febrero y octubre venían junto con pegado. La simbología del nuevo régimen no dejaba mentir: en 1991 Yeltsin rebautizó Leningrado como “San Petersburgo”, título zarista, en vez del “Petrogrado” que ostentó la ciudad durante ambas revoluciones. En 1993 el Estado ruso (presidencialista, democrático) retomó el escudo de armas zarista del águila bicéfala coronada y no el republicano de 1917, diseñado por el gran dibujante Iván Bilibin (1876-1942), con el águila pero sin corona. Por alguna (extraña) razón, el Banco Central de Rusia fue la única institución que adoptó en 1992 este escudo republicano y lo imprimió en billetes y monedas, pero sus autoridades se han empeñado en negar que se trate del mismo símbolo de febrero de 1917. En 2014 un funcionario del Banco Central tuvo que aclarar que, aunque “en realidad” el diseño sí pertenece a Bilibin, “difiere ligeramente” del escudo del Gobierno Provisional; se trata, en cambio, de un esbozo que Bilibin usó en el registro oficial de sus ilustraciones para cuentos populares. La diferencia era minúscula, casi ridícula: el número de plumas del águila. O sea: lo interesante es que nadie reivindica a la revolución de febrero en la Rusia republicana actual. De hecho, en 2016 se restauró la corona sobre el águila bicéfala en las monedas rusas.
No es sencillo desasociar febrero de octubre en retrospectiva, pero si uno pudiera situarse en la antesala del golpe bolchevique, la noche del 24 de octubre de 1917, en las últimas horas de vida del Gobierno Provisional y sin saber lo que ocurriría enseguida, se vería que la revolución de febrero fue un evento de proporciones inconmensurables, verdaderamente revolucionarias. A partir de febrero de 1917 Rusia se convirtió en el Estado más progresista de Europa cuando antes había sido el más conservador. La revolución de febrero hizo que el emperador más poderoso de la Tierra, tras un breve diálogo en un tren con un puñado de politiquillos, abdicara con una calma asombrosa, reflejo de la irreversibilidad de los hechos. Se separó a la Iglesia del Estado, el cual se encargó de todas las escuelas. La libertad de expresión y prensa fue, salvo pocas excepciones, realmente ilimitada. Se abolió la pena de muerte. Se impuso un federalismo que dio autogobierno a provincias como Finlandia, Ucrania y Estonia, las cuales reconocieron al Gobierno Provisional a cambio de mantener su autonomía. Apenas unos años atrás todo ello parecía impensable en la Rusia zarista.
Dejando de lado a los nombres de octubre (Lenin, Trotsky), febrero trajo a personajes verdaderamente revolucionarios en sus ideas, formas y discursos. Alexánder Kérenski (1881-1970), por ejemplo, fue una figura por entero revolucionaria, radicalmente distinta de lo hasta entonces conocido. Kérenski era un hombre de siglo XX. Hasta que él irrumpió como primer ministro en julio de 1917, Rusia había sido gobernada por personajes decimonónicos, tanto en su apariencia física como en su visión política. Contrario a sus colegas diputados en la Duma, Kérenski no usaba vello facial ni cabello alborotado, sino la moda joven: lampiño, casquete corto, camisa cerrada. A medida que su visibilidad pública avanzaba paralela a su ambición política, dejó de usar corbata y optó por cuellos cerrados y botas militares. Mientras estuvo al frente del Gobierno Provisional surgió un culto popular —espontáneo— a su personalidad, que él aprovechó distribuyendo retratos suyos entre las masas. Fue pintado por Iliá Riepin y adulado en los versos de Marina Tsvetáieva. De alguna manera, Kérenski se convirtió en sustituto del zar como receptor de peticiones populares. No es exagerado decir que pudo haber sido el Napoleón del siglo XX (en más de una fotografía aparece, emulando al corso, con la mano derecha metida entre los botones de la camisa). El historiador Boris Kolonitskii indicó que el “culto a Kérenski” fue el factor más importante de la vida política rusa en el verano de 1917. Un soldado escribió: “Vivo en las trincheras, pero olvido mis problemas y soy feliz porque un dirigente tan glorioso y amado como el ministro Kérenski está a la cabeza de nuestro revolucionario ejército del pueblo”.
La aplastante mitología de la revolución de octubre y la volatilidad de la política rusa en 1917 hizo de Kérenski una figura olvidada de un día a otro. En buena medida, él fue el responsable. La consecuencia obvia de su culto lo convirtió en el único a quien culpar por los problemas de Rusia hacia el otoño de 1917. En agosto, cuando repartió armas a los bolcheviques para que ayudaran a contrarrestar el alzamiento del general Lavr Kornílov, el primer ministro selló su destino: las armas quedaron en manos de los partidarios de Lenin y facilitaron la toma de Petrogrado y los principales edificios de gobierno un par de meses después. Asimismo, consumada la revolución de octubre, pocos se tomaron la molestia de apoyar una restauración de Kérenski: el mejor aliado de los bolcheviques fue la apatía de los guardias civiles de Petrogrado y la poca fe en una causa —la de febrero— que se veía rebasada.
Por otro lado, sopesar el legado revolucionario de febrero no resta originalidad a octubre. Es innegable que los bolcheviques profundizaron la revolución rusa en toda faceta. Lenin instauró el primer gabinete en la historia mundial que incluyó a una mujer como ministra, Alexandra Kollontái (1872-1952). Este gobierno fundó sistemas gratuitos y universales de educación pública y de salud, conquista que sobrevive hasta la fecha en la Federación Rusa —y que sigue siendo uno de los pilares intocables del pacto social entre gobierno y sociedad rusos—. Asimismo, se legalizó e hizo gratuito el aborto (gracias al empuje de las teorías feministas de Kollontái) e incluso se despenalizaron las relaciones homosexuales “privadas, adultas y consensuadas” —aunque volverían a prohibirse más tarde, en 1933—. Incluso la forma de gobierno soviética contenía una originalidad inimitable, profundamente atípica, revolucionaria: el Partido lo era todo y el gobierno venía en segundo plano. De ahí que el secretario general del Partido Comunista fuese el mandamás de la política soviética, por encima de los jefes de Estado y de gobierno.
La revolución, se apellidara de febrero o de octubre, tuvo tanta legitimidad entre la gente común en Rusia en los cuatro años posteriores a 1917 que los dos bandos de la guerra civil (1917-1921), “rojos” (bolcheviques) y “blancos” (antibolcheviques), usaron de algún modo la bandera política “revolucionaria”. Los generales blancos, pese a que hicieron carrera en la burocracia militar y fueron fieles al zarismo (Kornílov, Denikin, Kolchak) o a que pertenecían a la nobleza (Mannerheim, Skoropadski, Wrángel), desecharon el monarquismo tras la revolución de febrero; de hecho, combatieron en nombre del Gobierno Provisional o bien juraron fidelidad a nuevos Estados independientes como forma de aferrarse a un orden superior (la “Nación”) de entre las ruinas del mundo que conocieron. Éste fue el interesantísimo caso de Mannerheim en Finlandia o el de Skoropadski en Ucrania, mientras que Kolchak se autonombró “Líder Supremo de Todas las Rusias” bajo una dictadura militar en Siberia, sin viso ninguno de restauración zarista.
Acaso el único objetivo político común de los blancos durante la guerra civil era restaurar la Asamblea Constituyente que Lenin clausuró en enero de 1918 y que “El Pueblo Ruso” —tan idealizado por aquéllos como por las mentes bolcheviques— eligiera libremente a sus representantes. El problema fue que todos los partidos y los politiquillos que no eran bolcheviques —incluyendo a partidos radicales como los “Socialistas Revolucionarios” y sus tácticas terroristas— se pasaron del lado blanco y llevaron a él sus propias tensiones políticas. No obstante, la legitimidad común y la irreversibilidad de la “Revolución” (insisto: sin apellidos) fue prácticamente ubicua durante la guerra civil, excepto en algunos grupos ultramonárquicos de reducida influencia.
La celebración de la revolución de octubre en Rusia pasó a segundo plano no en 1991, sino desde 1945. La masificación en estadísticas, en esfuerzo y sufrimiento que significó la Segunda Guerra Mundial (en Rusia, “Gran Guerra Patriótica”), en la que murieron alrededor de 24 millones de soviéticos a manos enemigas, hizo que mayo arrebatara la estafeta a octubre en los años venideros. Hasta la fecha, el desfile militar cada 9 de mayo es la fiesta cívica más importante de Rusia, mientras que la conmemoración de la revolución de octubre (y, ya ni se diga, la de febrero) ha pasado a significar poco —si es que, para empezar, alguien logra atinar en qué día cae—. El “Día de la Revolución” (de octubre) dejó de tener un lugar en el calendario cívico desde 1991. En cambio, se restituyó la celebración zarista del 4 de noviembre como “Día de la Unidad Nacional”, que conmemora la expulsión de los invasores polacos de Rusia en 1613. La fecha de esta festividad es (ligeramente) más conocida y celebrada actualmente que el día en que estalló la revolución de octubre, el cual “celebran” sólo 14% de los rusos.
La gran paradoja en la opinión pública rusa hoy por hoy respecto a este tema es que, si bien los encuestados no saben en qué día se conmemora octubre, hay un sentimiento generalizado de nostalgia por el sistema soviético que abunda en la sociedad. Esta nostalgia se manifiesta en que 56% de la población “lamenta” la caída de la URSS, 28% no ve en su desaparición motivo de orgullo, 51% considera que pudo evitarse y 44% desea que la Unión Soviética y su sistema (político, económico, social) sea restaurado. Adicionalmente, la percepción del “papel de Lenin en la historia del país” ha mejorado de 2006, cuando 40% consideraba que era total o parcialmente positiva, a 2016, cuando las mismas respuestas sumaron 53% de positividad.
En suma: pese a que desaparecieron del calendario cívico, y a que las revoluciones de febrero y octubre no quitan el sueño al ruso promedio, éste sigue añorando el sistema emanado de la última: el que no era ni democrático ni de “libre mercado”, pero sí ordenado, predecible y más sencillo de asir (y de darle la vuelta) en la vida cotidiana.
Es un misterio la forma en que el gobierno ruso conmemorará la revolución de octubre. La escasa organización de algo (lo que sea) para ese efecto a fines de 2016 era insuficiente como para pensar que se le dio seriedad en el largo plazo a uno de los eventos más determinantes de la historia mundial reciente. No caeré en el lugar común de señalar que Rusia debe “reconciliarse con su pasado”, pero sí es claro que la forma en que se conmemoren estos eventos determinará hasta qué punto Rusia se adjudica el protagonismo que tuvo en el siglo XX —y el que le corresponde en el XXI.