miércoles, 5 de febrero de 2014

LOS 26 MÁRTIRES DE NAGASAKI

  1. San Francisco, el carpintero de Kioto, porfiado, fiel, que siguió a los otros hasta conseguir ser agregado a ellos. "Adaucto" lo llaman algunas de las crónicas, recordando un hecho parecido de la historia de la iglesia primitiva.
  2. San Cosme Takeya, el forjador de espadas, natural de Owari, bautizado por los jesuitas y catequista de los franciscanos con quienes trabajaba en Osaka.
  3. San Pedro Sukejiro, el joven de Kioto, enviado por el Padre Organtino para que socorriese a los Mártires durante su peregrinación. Su servicio abnegado le valió el ser añadido al grupo.
  4. San Miguel Kozaki, de cuarenta y seis años, fabricante de arcos y flechas, natural de la provincia de Ise. Era ya cristiano cuando llegaron los frailes y puso a su servicio sus conocimientos de carpintero, ayudándoles a construir las iglesias de Kioto y Osaka. Y les dio algo que valía más aún: su hijo Tomás.
  5. San Diego Kisai, el hermano Coadjutor devoto de la Pasión del Señor, con sus sesenta y cuatro años, su vida trabajada y su alma serena. Era natural de Okayama, y tenía a su cargo el atender a los huéspedes en la casa de los jesuitas de Osaka.
  6. San Pablo Miki, del reino de Tsunokuni, hijo del valiente capitán Handayu Miki. Educado desde niño en el Seminario de Azuchi y Takatsuki, había seguido en su vida de jesuita todas las vicisitudes de la Iglesia japonesa. Amó con pasión su vida apostólica. Estaba ya muy cerca de su sacerdocio. Era el mejor predicador que había en Japón; solo enmudeció cuando las lanzas rompieron su corazón de treinta y tres años.
  7. San Pablo Ibaraki, de Owari; fue samurái en su juventud. Bautizado por los jesuitas conoció la lucha de la tentación contra la fe y también la paz del alma, que alcanzó en sus últimos años a la sombra del convento de Nuestra Señora de los Ángeles, de Kioto. Vivía pobremente con su familia de las ganancias de la fabricación del vino de arroz, y ayudaba a otros más pobres que él. Y también predicaba a Cristo.
  8. San Juan de Gotoo, con sus diecinueve años inmaculados y alegres, con su corta vida bien llena en el servicio de Dios. Natural de las islas de Gotoo, hijo de padres cristianos, se educó con los jesuitas en Nagasaki y luego en el colegio que éstos pusieron en Shiki (Amakusa) para sus catequistas músicos y pintores. De allí fue a Osaka donde trabajó con el Padre Morejón hasta que Dios le ofreció la corona.
  9. San Luis Ibaraki, el benjamín de los Mártires, doce años, de Owari, sobrino de los Mártires Pablo Ibaraki y León Karasumaro. El niño que reía y cantaba cuando le cortaban la oreja y en el camino y en lo alto de la cruz; que rechazaba con energía varonil las insinuantes invitaciones a la apostasía. "Aquí va Luisillo, con tanto ánimo y esfuerzo que pone admiración a todos", había escrito la víspera de su muerte San Francisco Blanco.
  10. San Antonio Deynan, de Nagasaki, cándido corazón de trece años, hijo de padre chino y de madre japonesa, educado primero en el colegio de los jesuitas de Nagasaki y luego en el convento franciscano de Kioto. Vence al pie de la cruz la mayor tentación, las lágrimas de su madre. Luego muere cantando.
  11. San Pedro Bautista, Embajador de España, comisario de los franciscanos, padre de los pobres leprosos, capitán de Mártires. Desde San Esteban del Valle (Ávila) hasta la colina Nishizaka su vida de cuarenta y ocho años tiene demasiadas páginas de trabajo y santidad para poder resumirla aquí.
  12. San Martín de la Ascensión, de Guipúzcoa, treinta años. Dicen que su pureza era muy grande, tal vez por eso cantaba tanto. A pie se fue hasta Sevilla cuando recibió la orden de partir para Filipinas, y en el viejo convento de la plaza de San Francisco se repartía con un compañero las horas de la noche para llenarlas de oración. Su apostolado en Japón, en Osaka, fue breve, su muerte espléndida.
  13. San Felipe de Jesús, o de las Casas, veinticuatro años, de México. Plata buena cincelada por Dios. Su vida joven fue una encrucijada de caminos, un choque de voluntades. Luchan brazo a brazo Cristo y Felipe. Conquistado en esa lucha, Felipe siente el apremio de rescatar el tiempo perdido, es el primero en morir.
  14. San Gonzalo García, cuarenta años, nacido en el lejano 'dom' Bazain, (Vasei) de padre portugués y madre india. Catequista de los jesuitas, mercader en Macao, lego franciscano. El brazo derecho de San Pedro Bautista. Tartamudea al hablar portugués y se enfrenta en fluido japonés con el señor de Japón. Es el patrono de la diócesis de Bombay, India.
  15. San Francisco Blanco, el gallego de Monterrey (Orense), compañero de San Martín de la Ascensión y semejante a él hasta en el irse andando a Sevilla. Hombre pacífico, silencioso, de clara inteligencia.
  16. San Francisco de San Miguel, cincuenta y tres años, de La Parrilla (Valladolid). Yo quisiera decir muchas cosas de él, ya que fue tan callado en su vida. "Viendo su buen espíritu y fuerzas corporales y poca malicia, le dieron hábito para fraile lego." ¡Qué cosas dicen las viejas crónicas! También las decía él: Aquella su típica frase: "Mañana tañerán a comer", cuando querían hacerlo desistir de sus ayunos; aquel gustarle aspirar "los vientos japónicos", cuando estaba en Manila, Filipinas. Y luego su noche oscura en la misión, cuando se imagina que es inútil allí y le vienen deseos de volverse a Filipinas. Su muerte, como su vida, silenciosa.
  17. San Matías; no sabemos su edad, ni su ciudad natal, ni la fecha de su bautismo. Solo sabemos el nombre y el rasgo con que alcanzó el martirio. Buscaban los soldados a otro Matías; éste se ofreció en su lugar, los soldados lo aceptaron; Dios también.
  18. San León Karasumaru, de Owari, hermano menor de San Pablo Ibaraki. Fue bonzo budista en su juventud. Ganado para Cristo por un jesuita japonés, su vida fue siempre modelo de fervor. Cuando llegaron los franciscanos, él fue su principal apoyo. En la construcción de las iglesias, la adquisición de los terrenos o la dirección de los hospitales, siempre podían contar con León. Catequista celoso, hombre de oración, figura en la historia del martirio como la cabeza del grupo de mártires seglares.
  19. San Ventura: su vida joven lleva el sello de los caminos misteriosos de Dios. Bautizado muy niño, pierde a su madre a los pocos años; viene una madrastra pagana y Ventura es confiado a un monasterio de bonzos. Un día descubre que está bautizado, busca y en el convento franciscano de Kioto, su ciudad natal, encuentra la paz del alma. Pidiendo por la perseverancia de su padre y la conversión de su madrastra, camina hacia la cruz.
  20. Santo Tomás Kozaki: bajo apariencias un tanto rudas, su corazón de catorce años es bello como las perlas de Ise, su patria. Ya cristiano entra con su padre en el círculo franciscano. Con los frailes se queda a vivir en el convento de Osaka. Carácter recto, decidido, realiza su entrega con una sinceridad sin sombra. La carta de despedida que escribe a su madre desde el castillo de Mihara, es una de las joyas que esmaltan la ruta de los veintiséis Mártires.
  21. San Joaquín Sakakibara, cuarenta años, de Osaka. Bautizado por un catequista cuando se hallaba gravemente enfermo, muestra luego su agradecimiento por el don del bautismo ayudando a construir el convento franciscano de Osaka, donde trabaja después como cocinero. Su carácter colérico se suaviza, se hace humilde, servicial. Y de su cocina lo saca Dios para llevarlo a los altares.
  22. San Francisco, el médico apóstol, natural de Kioto, de cuarenta y ocho años. Todavía pagano llevó durante cuatro años un rosario que había pertenecido a Francisco Otomo, el daimyō de Bungo. Tocado de la gracia, llega al convento de los franciscanos. Una vez bautizado y después de convertir a su mujer, pasa la vida al lado del convento curando gratis a los pobres, llevando la luz a las almas.
  23. Santo Tomás Dangui, el farmacéutico de carácter terrible, trocado por la gracia en bondadoso catequista. Cristiano antiguo de Kioto, trasladó su tiendecilla al lado del convento de Nuestra Señora de los Ángeles. Vivía de la venta de sus medicinas y enseñaba a otros el camino del cielo.
  24. San Juan Kinuya, veintiocho años, de Kioto. Fabricaba y vendía tejidos de seda. Bautizado hacía poco por los misioneros franciscanos, se fue a vivir cerca de ellos. En sus tejidos suaves, de vivos colores, iban entreveradas muchas oraciones y mucho amor. Y a Dios le agradó aquella vida de oración y trabajo.
  25. San Gabriel, natural de Ise. Otra vida joven, diecinueve años, alegremente inmolada. Deja el servicio de un alto oficial de Kioto por el de la casa de Dios. Convertido por Fray Gonzalo, supo caminar rápido, sorteando los obstáculos que se oponían a su paso. Era catequista.
  26. San Pablo Suzuki, cuarenta y nueve años, de Owari. Al horde mismo de la colina, para que su palabra ardiente, apostólica, pueda volar con libertad. Habían pasado trece años desde que recibió el bautismo. La fogosidad de su carácter, atestiguada por cicatrices en su cuerpo, se transformó en celo, y fue de los mejores catequistas de los franciscanos, el encargado del hospital de San José, de Kioto.

UN OASIS EN MEDIO DEL DESIERTO

El templo fue construido entre 1886 y 1897 por el Arquitecto Emilio Dondé. Fue edificado en donde estuvieron las capillas de la Purísima y la capilla de Nuestra Señora de Aranzazú que perteneció al Imperial convento de San Francisco de esta Nueva España.

El templo está dedicado al primer santo mexicano Felipe de las Casas Martínez en la Ciudad de México en 1572 y martirizado en Nagazaki, Japón, en 1597. Actualmente es templo expiatorio y está a cargo de la orden mexicana de Misioneros del Espíritu Santo en el interior del templo se encuentran los restos de su fundador el venerable Siervo de Dios Félix de Jesús Rougier, cabe notar que tambien es sede de la Adoración Nocturna Mexicana.Fue consagrado el 5 de febrero de 1897.
A fines del siglo pasado, nuestra Patria y la Iglesia mexicana vivían una época difícil (de persecución religiosa, permitiendo Dios este mal por los pecados del pueblo, de los príncipes, de los sacerdotes, de los religiosos, de las religiosas, y de los prelados). El pueblo cristiano fiel a Jesucristo anhelaba practicar libremente su fe y dar pruebas visibles de su fidelidad a Cristo.
En estas circunstancias, el siervo de Dios, Mons. Antonio Plancarte y Labastida, recibió de Dios la inspiración de construir en la Capital mexicana un Templo Eucarístico de expiación nacional, para implorar de Dios el perdón de los pecados nacionales (y arrepentimiento de los pecadores para que no vayan al infierno), en todas las áreas de trabajo y en todas las esferas sociales de la nación.
«Allí iremos todos a llorar —escribía Mons. Plancarte—: el mendigo y el opulento, el hombre y la mujer, el sacerdote y el seglar. Todos tenemos que llorar e implorar el perdón por lo pasado (por los pecados cometidos); todos necesitamos de luz y de auxilio para lo venidero (pedir gracia y misericordia a Dios para una vida santa y para no ir al infierno)».
Las obras de construcción comenzaron el 2 de agosto de 1886, y el 5 de febrero de 1897, con ocasión del tercer Centenario del martirio de San Felipe de Jesús, pudo celebrarse la inauguración y consagración del Templo Expiatorio.
Tres años después, el 12 de enero de 1900, al abrirse el siglo XX, se inició la Exposición perpetua del Santísimo Sacramento, que ha continuado sin interrupción, día y noche, hasta el presente.
Cinco años más tarde, el 5 de febrero de 1905, se estableció la Asociación de la Adoración Nocturna, que se ha extendido por toda la República Mexicana. Actualmente existen unos 4700 centros de Adoración Nocturna, con un total aproximado de tres millones doscientos mil adoradores. Y en 1931, el 8 de diciembre, los Misioneros del Espíritu Santo asumieron la responsabilidad pastoral de este Templo Expiatorio Nacional.
Tres son las principales tareas pastorales con las que este Templo ha cumplido su misión: la celebración diaria de la Eucaristía, el ministerio del sacramento de la Reconciliación y la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento.
La celebración de la Eucaristía. Actualmente se celebran diariamente 8 o 9 misas. Haciendo un cálculo aproximado, según las crónicas del Templo, se han celebrado, a lo largo de estos cien años, más o menos trescientas diez mil misas, con una asistencia de unos treinta millones de personas; y se han repartido quince millones de comuniones.
El sacramento de la Reconciliación ha sido siempre un ministerio pastoral calificado y de primera importancia. Actualmente se da servicio de confesionario
de las 7:00 a las 14:00 horas; de las 18.00 a las 20.00; y de las 22:00 a las 23:00 horas.
La Adoración del Santísimo Sacramento es tal vez el rasgo más característico del Templo Expiatorio Nacional. Hasta el presente, en la historia del Templo de Felipe, ha habido un total de unas quinientas cincuenta mil horas de adoración diurna, y unas doscientas setenta y cinco de adoración nocturna. (DATOS A 2012, VERIFICACIÓN DE HORARIOS)
Todo esto constituye ante Dios y ante nosotros una asombrosa realidad espiritual.

SAN FELIPE DE JESÚS "PATRON DE LA CIUDAD DE MÉXICO"

 Su nombre de pila fue Felipe de las Casas. Nació en la ciudad de México, en la Calle de Plateros (hoy Francisco y Madero) en la Ciudad de México, el 1 de Mayo de 1572, en la Fiesta del Apóstol San Felipe, de quien toma su nombre. Fue el mayor de once hermanos, de los que tres siguieron la vida religiosa.

De padres españoles acaudalados, quienes le educaron en el ambiente de su época y de clase. Don Alonso era teniente-factor, comerciante de los fuertes, que negociaba o intermediaba entre el Galéon que llegaba a Acapulco, “La Nao de China” y el que fondeaba en Veracruz, procedente de España. Su padre estaba emparentado con otro notable monje y evangelizador de América, Fray Bartolomé de las Casas.

En su niñez era tan inquieto y travieso que cuando decidió irse al convento de Puebla para hacerse franciscano, pero Juana Petra, su nana alzando los brazos por encima de la cabeza exclamaba: ¡Cuando la higuera reverdezca, Felipillo será santo!”, teniendo por imposible la corrección del muchacho.

Llegó al convento de Puebla, donde residía el Beato Sebastián De Aparicio. Donde duró muy poco ya que no resistió aquella vida y regresó a su casa.

Ejerció entonces el oficio de platero sin mucho éxito. Cuando había cumplido 18 años, su padre, Alonso de las Casas, lo envió a las Islas Filipinas a probar fortuna. Al establecerse en Manila, Al principio estaba deslumbrado por los placeres, las riquezas y la vida mundana que ofrecía la ciudad, pero pronto sintió de nuevo la necesidad de encomendarse a Dios.

Felipe entró con los franciscanos de Manila. Esta vez ya había madurado y su conversión fue de todo corazón. Cambió su nombre al de Felipe de Jesús. Estudiaba y atendía a los enfermos y moribundos. Todo lo hacía con la dedicación de un hombre que vivía para Jesús. Un día sus superiores le anunciaron que ya se podía ordenar sacerdote. La ordenación sería en México, su ciudad natal, junto con su familia y amistades de infancia.

En 1596 sus superiores le anunciaron que ya se podía ordenar sacerdote. Como no había obispo en Filipinas, la ordenación sería en México, su ciudad natal, junto con su familia y amistades de infancia. Con ese fin se embarcó con Fray Juan Pobre y otros franciscanos, rumbo a la Nueva España, hoy México; pero una gran tempestad desvió el barco hacia el Japón. En medio de la tormenta Felipe pudo observar una gran señal sobre ese país, una especie de cruz blanca. Felipe interpretó su naufragio como una dicha pues su mayor sueño era la de convertirse en misionero en ese país.

En 1582 Taikosama había tomado control de todo el Japón formando un imperio quién decretó la expulsión de los misioneros y la demolición de los templos cristianos. Al principio la orden no se aplicó rigurosamente y los misioneros eran tolerados mientras se mantenían en la clandestinidad, vestidos a la japonesa. En esta situación estaban cuando llegó la primera expedición de franciscanos, que inmediatamente comenzó una gran actividad misionera. Allí estaban Fray Pedro Bautista y algunos hermanos de la provincia Franciscana de Filipinas.

En noviembre del 1596 embarrancó en Urando el galeón San Felipe con Felipe y los otros franciscanos a bordo. El gobernador del lugar, conociendo las riquezas del navío, dio orden de expropiación, y el emperador, para encubrir el robo, promulgó de nuevo en Osaka y Meako el edicto de 1587, alegando que los frailes hacían un proselitismo ilegal y que preparaban una invasión militar.

Felipe y los otros fueron llevados en procesión a pie, por un mes y en pleno invierno por pueblos y ciudades de Japón, para ser objeto de burla y escarmiento, un auténtico Vía Crucis. En la ciudad de Kyoto, a cada uno le cortaron la oreja izquierda. Las orejas fueron exhibidas en las calles. Cuando se vieron a lo lejos en una colina las cruces para el tormento que les tenían destinado, los 26 religiosos y laicos cristianos se llenaron de júbilo; pero al contarlas se turbaron, pues les pareció que sólo había 25. Entonces, Felipe corrió presuroso y abrazó fuertemente su cruz y no quería que nadie se la arrebatara.

Finalmente, en el “Monte de los Mártires” a las afueras de Nagasaki, fueron todos colgados, pues sí, eran 26 las cruces. Felipe de Jesús fue el primero entre aquellos mártires en ser crucificado. Muere en la cruz, atravesado por ambos costados por dos lanzas; otra más le atravesó el pecho. Sus últimas palabras fueron: “Jesús, Jesús, Jesús”. Era el 5 de febrero de 1597 y Felipe contaba con apenas 23 años.

Esa mañana, entró en la alcoba dando gritos la negra Juana Petra:

-¡Mi señor don Alonso, mi señora Doña Antonia, Felipillo es santo! Ya reverdeció la higuera podrida y apolillada; hasta hay en ella cantando pájaros. Vengan a verla, iYa Felipillo es santo! ¡Es santo!

Fue beatificado, junto con sus compañeros mártires el 14 de septiembre de 1627 y canonizado el 8 de junio de 1862.